DE MIGAJAS, HIPOCRESÍA Y CAMPAÑAS

Por Helga Kauffman

La constante reiteración de la corrupción como tema político-electoral es el protagonista del gran circo que vivimos en México. Pocos días nos separan de la votación y, en el breve tiempo que resta, seguirán las muestras de incongruencia.
No hay que ser sabio para advertir que, a veces, incluso aquel que dice que lucha contra la corrupción vive de ella.
De una forma o de otra estamos dándole vueltas a la rueda sin crear un mecanismo de catarsis. De una forma u otra la disfrutamos, vivimos de ella. Sin embargo, al final de cuentas el problema no es la corrupción, sino la impunidad.
Como parece muy lejano que llegue la catarsis sigamos con la orgía de la corrupción. Que si es tuya, que si es mía, que antes eran peor, que si nomas poquito, sigamos con el circo, al final la brecha entre los que más tienen y los que cada vez menos tienen se hace más grande, abismal diría yo. No faltará quien diga “yo ya chingué que se jodan otros”.
Tampoco podemos soslayar que en este tiempo electoral, todo mundo muestra su lado amable y familiar, fotos con la esposa o esposo, con los hijos mostrando su inmensa unidad familiar, mientras la caridad mediática aparece por todos lados. Todos los aspirantes se auto proclaman luchadores de la justicia social y de la equidad. Comen en lugares sencillos, se toman la foto y la exhiben en sus redes sociales.
Lo más grave de todo, es que la hipócrita estructura electoral, que viene desde las leyes, deja que, a través de los órganos electorales, se destinen millones de pesos, que se reparten entre los candidatos ganadores y perdedores, y sólo le llegan migajas en playeras, plumas y botes para le leche Liconsa al elector.
En el mejor de los casos les dan dinero y, eso, se convierte en una estructura de corrupción electoral, en la cual participan panistas, priistas, perredistas, morenistas y todos, absolutamente todos los partidos contendientes.
Pareciera un aquelarre en el cual la clase política se vuelca sobre el botín presupuestal y su acceso al poder, donde sacan más dinero.
Es tan noble nuestro país que genera dinero para las campañas y para que sigan saqueando sus arcas. Y no se detienen ni los que dicen que acabaron con la corrupción (por que evidentemente se mantiene, pero con más cinismo) ni con los que se arrepienten de haber sido corruptos.
Lo único positivo de estas campañas, y se los digo desde el punto de vista económico, es la derrama que se hace, aunque sea a un sector específico como el de impresión de chucherías, ya que estas provienen de China.
Lo ideal es cambiar las leyes para frenar el despilfarro electoral; eliminar los regalos al elector y que sean organismos autónomos e independientes, pero bajo el escrutinio de la ciudadanía (en tiempo real) los reguladores de los beneficios sociales.
Al mismo tiempo, incrementar la transparencia en el manejo de los recursos y que no exista información que esté “clasificada” por años, incrementar las penas de cárcel contra los corruptos e incompetentes (que es otra forma de corrupción) y que la sociedad sea más participativa.
Si siguen los partidos explotando al pueblo, este se cansa y se lo refutará en su cara y ello, por obvias razones, sería peligroso.

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