EL MOMENTO DE PONER LA MUESTRA AL MUNDO

Por Roberto Cruz

La reunión, de este martes, entre el Presidente Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador dejó un buen sabor de boca y despejó algunas dudas sobre cómo sería la reacción del candidato de Morena al día siguiente de su ya irrefutable triunfo.
El comportamiento, sin aspavientos, de Andrés Manuel parece advertir un rumbo con sapiencia y, éste también, “razonado”.
Más allá de si la macro-agenda de bondadosas propuestas podrá hacerla realidad, y cumplir en tiempo y forma a quienes le dieron su voto basados en esa esperanza, el cruce de palabras y acuerdos protocolarios, entre uno y otro, avizora cautela.
Una cautela que debe desterrar fantasmas, pero, a la vez, dar certeza del futuro. Una cautela ante escenarios internacionales contra los que hay que vacunarse.
México no está para experimentos. Las emergencias del país son muy claras, pero la experiencia para enfrentar desafíos también.
Nuestra ubicación geográfica nos impide intentar emular ensayos lejanos. Ni poner cortapisas ni muros imaginarios con nadie ni con ningún Estado, pero tampoco aceptar recetas que, a la vista del mundo, generan odio, enfrentamientos, hambre, escasez y muertes. Y seamos claros: Estamos muy bien con nuestro propio enfoque, sin imitar ni los de Venezuela ni los de Estados Unidos; ni los de Nicaragua ni los de Rusia. Ni los de Cuba ni los de China. Cooperación con todos; sumisión ante nadie.
Al menos al segundo día después del proceso electoral es loable la actitud de López Obrador y la de sus colaboradores porque ante el Poder que le ha dado la votación (una verdadera barredora en todo el país) es para que ya estuviera presumiendo una corona o, cuando menos, una falsa banda presidencial. Loable también el silencio de allegados, quienes durante la campaña se la pasaron amenazando con “diablos”, “fusilamientos” y “destierros”.
Durante su visita a Palacio Nacional, Andrés Manuel se vio mucho muy relajado. Las imágenes no mienten, y ese júbilo (pues quién no, dirán algunos, después de recibir más de 20 millones de votos), se lo contagió al Presidente Peña. De hecho, López Obrador palmea la espalda de Peña en varias ocasiones cuando caminan por el recinto federal.
¿Habría ocurrido la misma escena si el triunfador de la contienda fuera Ricardo Anaya? Por civilidad se habrían guardado las formas, pero quizá ni siquiera se habría llevado a cabo la reunión. Durante los dos últimos meses de campaña, el intercambio de amenazas entre el equipo de José Antonio Meade y el del candidato del Frente fue atroz.
Sin embargo, las referencias del candidato panista fueron directas, con nombre incluido, contra el Presidente Peña Nieto: “Si llego a ser Presidente lo voy a meter a la cárcel”. Hoy, ya ni el supuesto existe.
Punto importante es ir viendo, principalmente a partir del 1 de diciembre, qué alcance real tienen las propuestas de Andrés Manuel; qué tanto, realmente, desecha de la administración que hereda. Pero, más aún, hasta dónde abarca o llega la “conciliación” a la que llamó con sus primeras palabras después de conocer que tras cerrarse las casillas ocurría lo que ni él mismo imaginó de tal magnitud: Pintar de magenta el país.
Necesario olvidarse de aquello con lo que amenazó Paco Ignacio Taibo II: “Si (los empresarios) te quieren chantajear, Andrés, exprópialos. Chinguen su madre. Exprópialos”.
Olvidarse de ir, imprudentemente, a sacarle la lengua a Donald Trump o a escuchar pajaritos junto a Nicolás Maduro. No exagerar bondad ante el crimen organizado.
Analizar con temple de acero, pero, mejor aún, con visión sin traumas, ni prejuicios, obras como el nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México; reformas como la Educativa y la Energética. Medir, bajo criterios sobre la mesa, las acciones y actitudes de sindicatos; quién construye y quién destruye.
México no necesita ni un “Rambo” ni un emperador; tampoco un hechicero; ni, por salud mental, un estadista que presuma convertir el agua en vino o en gasolina.
Nada de parecernos a nadie. Tenemos nuestra propia historia.

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