ATISBANDO EL 2022 TRAS UN AÑO DE PESADILLA

Por Lucio Peralta

Si bien el presidente Andrés Manuel López Obrador considera que la estrategia de seguridad en México va bien, no hay que perder de vista que las declaraciones oficiales chocan con un muro llamado la realidad.

Las cifras que se muestran, lejos del escrutinio oficial, son de terror, pero distan – tristemente – de espantarnos, más bien parece ser la regla a la que nos hemos acostumbrado o mejor dicho, resignado.

No cabe duda que López Obrador es el presidente más poderoso y con mayor respaldo popular de los últimos tiempos. Rebasa ya el 50% de su mandato con buenos niveles de aceptación y gran popularidad. Tiene al ejército en la bolsa, detenta claramente el poder ejecutivo y el poder legislativo a través de Morena, y sin embargo… la violencia criminal simplemente no cede.

Veamos un factor de fondo que ha tenido y seguirá teniendo una fuerte influencia en el 2022 en materia de seguridad.

Desde finales de la década de los 90´s, cuando los sanguinarios Z´s fueron creados como brazo armado del Cártel del Golfo para expandir su control territorial, fue que voluntaria o involuntariamente, se implementó una nueva forma de operar bajo parámetros impregnados de violencia extrema en contra del enemigo. Fue entonces que empezamos a presenciar escenas de decapitaciones, cuerpos colgando de puentes y otras tantas barbaridades. Los rivales no cedieron terreno y decidieron responder de la misma forma ante su agresor y México fue testigo de un proceso de escalamiento paralelo de violencia que implementó un nuevo “código genético” entre la delincuencia organizada que pareciera que llegó para quedarse.

Hay que atender a un hecho: cada vez que un cártel se disolvía, fracturaba o dividía, el rompimiento dejaba (y lo sigue haciendo) pequeños grupos delictivos sin la capacidad de importar drogas ilegales de otros países para cruzarlas a los Estados Unidos, pero sí con la violenta capacidad operativa trasladada fuera del mundo del narcotráfico hacia delitos como el secuestro, la trata de migrantes, la ordeña de ductos de combustible o el robo de mercancía en tránsito entre otros, crímenes en los cuales el narco muy rara vez incursionó en el siglo pasado.

Pero, aunado a ello, las nuevas organizaciones de la delincuencia organizada cuando “debutan” en el mundo criminal, lo hacen con bombo y platillo en términos de brutal violencia.

Así es como se juega el juego ahora y ya desde hace varios años. La discreción y el bajo perfil de los narcotraficantes parece ser un lejano recuerdo del siglo 20. El más claro ejemplo sería el Cártel de Santa Rosa de Lima que nació bajo el auspicio del robo de combustible (no por el tráfico de drogas) y que se convirtió en una máquina de terror bajo el liderazgo de “El Marro”.

Estos son dos factores preponderantes (entre otros tantos) que impiden la paz en múltiples geografías y que han contribuido a que 2019 y 2020 hayan sido los más violentos de la historia contemporánea.

El cierre de este 2021 apunta a que habrá muy modesta una disminución en el índice de homicidios dolosos de alrededor del 3%.

Ante este panorama cabría preguntarnos ¿qué nos depara la violencia criminal para el 2022?

Huelga señalar que, por desgracia, todo apunta a que el 2022 sea un año muy similar a los últimos tres. Ojalá me equivoque.

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