ESTERTORES

Por Luis Pinal Da Silva

Dicen que cuando el hígado duele, es muy difícil pensar con claridad. Y esto viene a colación porque en los últimos días el presidente parece que está más que enojado y ello, evidentemente, se nota, se advierte. Rezuma frustración, ira, coraje.

Puede haber muchas cosas que lo mantengan con el colon irritado, pero quizá la más cierta sea que ya no aguanta todo lo que huela a democracia y se empeña en disfrazar ese encono haciéndose pasar por reformador.

El presidente recibió en esta semana dos severos golpes del Tribunal Electoral: el primero fue declarar inaplicable el decreto sobre propaganda durante el proceso de revocación de mandato; el segundo tiene que ver con una sentencia que el Tribunal le ordenó subir a sus redes sociales por su mensaje a la nación, el primero de diciembre, cuando ya había iniciado el proceso electoral en Aguascalientes, Durango, Oaxaca y Tamaulipas.

Molesto, informó que después de la revocación de mandato – a desarrollarse el 10 de abril – enviará al Congreso una iniciativa de reforma electoral para elegir, a través del voto ciudadano, a los consejeros y magistrados electorales para que “no haya jueces con actitudes tendenciosas en lo electoral”.

Este es un punto, si bien es cierto que quienes se han colocado en los organismos electorales – llámese INE o TEPJF – obedecen a cuotas partidistas, también es cierto que intentar el Estado ser quien determine forma y fórmula para “ciudadanizarlos”, parece más que descabellado, imposible.

La reforma electoral, tal como la deslizó el Presidente, no tiene futuro. Por ser constitucional, requiere de dos terceras partes de los votos en el Congreso, no los tiene y, por tanto, no habrá una reforma con esas características.

Los partidos de oposición votarían en contra. No permitirán que el presidente tome el control de las elecciones de 2024, porque eso sería entregarle a su candidata o candidato la Presidencia de la República a través de autoridades electorales a modo.

El presidente quiere popularidad y obediencia ciega de las autoridades electorales y no conocimiento en la materia.

¿O será solo un obús para distraer la atención de temas como la inseguridad? Sea lo que fuere, lo cierto es que México transita por un grave problema que no es otra cosa que ingobernabilidad.

Ello podría traducirse a lo siguiente: estamos frente a los estertores de la demagogia.

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