MALESTAR SOCIAL

Por Víctor Corcoba Herrero

Tenemos un montón de fuegos en nuestra realidad; hasta el extremo, de que el ambiente de descontento es tan verídico, que el malestar se ha generalizado por toda la faz de la tierra. Sea como fuere, urge que despertemos, porque no podemos continuar, por más tiempo, bajo este estado de desazón, al que nos estamos acostumbrando. Quizás tengamos que empezar por reconstruirnos el corazón. Sin duda, todo parte de nuestro interior, de la disposición generosa y de la amplitud de miras. Lo prioritario, a mi parecer, es que antepongamos el bien común a los intereses particulares, promoviendo siempre el diálogo sincero y constructivo que evite desconsideraciones y pugnas. Desde luego, las soluciones a las actuales crisis de falta de futuro, aumento de la pobreza y del hambre, unido a este cúmulo de tormentos que nos dejan en un desasosiego como jamás, han de enraizarse en el cumplimiento de los derechos humanos.

Este aluvión de tensiones nos está destrozando todos los vínculos armónicos, resultado del fracaso generalizado de los gobiernos del mundo y de los Estados sociales, y democráticos de derecho, sobre todo a la hora de brindar servicios básicos a la ciudadanía y de dar respuesta a las aspiraciones de sus pueblos. Cada día más se requieren argumentos que aminoren las inútiles contiendas y las tremendas desigualdades entre moradores. No hay mejor operación para el sosiego que hacer justicia, aumentando la voluntad política de atender a toda la población sin distinción alguna. Lo fundamental, en este caso, es tomar como misión el atendernos y entendernos como familia humana. Esto no puede superarnos, si en verdad queremos el camino de la paz, del diálogo y del espíritu cooperante, a fin de avivar el desarrollo de una cultura reencontrada consigo misma en los demás.

En este sentido, tal vez tengamos que promover otros modos y maneras de vivir más responsables, igualitarios y libres, al servicio de nuestra casa común. La tarea no es nada fácil, se trata de la reconstrucción de una sociedad más justa, humana y fraternal. Indudablemente, para trazar un nuevo rumbo necesitamos ponernos manos a la obra, comenzando por los dirigentes, que han de ser ejemplarizantes en sus actuaciones; y, finalizando, por un sistema financiero mundial más solidario, que además ha de ser auténtico motor humano, en cuanto a la salud, la educación, el trabajo decente y la protección social. Por otra parte, hemos de atajar la corrupción y los flujos financieros ilícitos, haciendo que los sistemas fiscales sean mucho más justos en todos los países del mundo. Lo importante es unirse y reunirse, antes de que esta atmósfera de incertidumbre y riesgo nos gane la batalla de la hecatombe.

En cualquier caso, y sin ánimo de avivar el catastrofismo, tenemos que reconocer que la realidad es la que es, lo que requiere de todos los continentes una mayor capacidad de gobernanza mundial para poder prevenir y resolver los fuertes desafíos que tenemos por delante. Mal que nos pese, estamos al borde del abismo, tenemos que despertar y colaborar mucho más entre sí, para encararnos a la multitud de problemas surgidos. Posiblemente, tengamos que recordar que las guerras continuarán, mientras que no se desarme el mundo de injusticias y el terror de los ojos egoístas nos gobierne el alma. Tengamos en cuenta, que tanto para derrotar este afán de lucha, así como para vencer al cambio climático, se requiere una cercanía de pulsos, que es lo que en realidad, nos imprime bienestar espiritual.

Nunca es tarde, por cierto, para tomar energías renovadas. Nos urge detener esta escalada de sufrimientos, en la que casi siempre la persona más modesta es la que suele pagar el precio más alto. Es nuestro deber que estos hechos no se produzcan. Arrimemos el hombro todos a una, cuando menos para poder salir de este tedio verdaderamente feroz, que lo único que acrecienta es un viento de locura que nos está dejando sin respiración, con un cúmulo de peligros y ansiedades, difíciles de curar con estos andares mundanos. Seguramente tengamos que dar ese paso de Pascua, ponernos delante del crucificado, del Cristo vencedor y Resucitado. Únicamente desde su santa Cruz, hallaremos el abrazo entre el cielo y la tierra, con la paz en nuestro interior.

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