TLCAN: FIN DE CICLO


Por Francisco Guerrero Aguirre

El ciclo es largo: El colapso de las dictaduras, el derrumbe del muro de Berlín, la mutación de la Unión Soviética, la liberación de Mandela y el fin del apartheid. Y como consecuencia de todo lo anterior, la esperanza de que la democracia podría abatir la desigualdad de la mano de acuerdos regionales como la Unión Europea y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
A 30 años de episodios tan impactantes y con consecuencias tan diversas, el balance sobre los alcances de la democracia y el libre comercio resulta complejo ante la variedad de resultados. Es imposible dibujar una gran conclusión.
Ahora sabemos que el desarrollo económico no puede darse haciendo a un lado los procesos democráticos. El rotundo fracaso del comunismo y la tragedia del fascismo son dos factores históricos que son identificados como patologías sociales que envenenan al colectivo, por el culto a la personalidad de un solo hombre o al aparato autoritario.
Una democracia verdadera busca incidir en el proceso de decisiones de los grupos de poder con el propósito de abatir la desigualdad, sin destruir el aparato productivo. Darle voz a los ciudadanos es el objetivo final en el contrato de mandato que se construye entre votantes y gobernantes.
La irrupción brutal de la tecnología en los últimos 10 años ha transformado al internet y a las redes sociales en un megáfono gigantesco de las demandas sociales y en un mecanismo que multiplica el debate político de una manera instantánea y prodigiosa. Sin embargo, la gobernabilidad se ha complicado ante un público más crítico y desafiante.
En un contexto tan complicado y en muchas ocasiones con los peores augurios, la inesperada llegada al poder de Donald Trump, orilló a Canadá y México a renegociar el TLCAN que había entrado en vigor en 1994.
El pasado domingo, tras un año de intensos cabildeos, se concluyó la negociación para un nuevo pacto comercial trinacional que, según la oficina de representación comercial de EU, ahora dejará de llamarse TLCAN y será denominado Acuerdo Estados Unidos, México, Canadá (USMCA, por sus siglas en inglés).
Los congresos de los tres países deberán votar el nuevo pacto antes del 30 de noviembre para que, eventualmente, sea firmado por los presidentes de cada nación. En este nuevo acuerdo, Canadá aceptó, entre otras cosas, una apertura de más de 3% del mercado lácteo, tema que atoraba la negociación.
Jesús Seade Kuri, representante del equipo de transición del presidente electo, López Obrador, en el proceso de negociación, se congratuló porque el acuerdo mantendrá su concepto de trilateralidad.
El canciller Luis Videgaray, toral en los amarres políticos que llevaron a buen puerto tan complicada faena, publicó en redes una gran verdad: “Es una buena noche para México y para América del Norte”.
El presidente Donald Trump felicitó a México y Canadá por haber alcanzado un acuerdo “histórico”, destacando que unirá a los tres países para competir con el resto del mundo.
Rumbo a las elecciones en noviembre, ahora tendrá un “triunfo” que presumir ante su base de votantes.
Al margen de las críticas o las especulaciones mezquinas que pudieran suscitarse, la conclusión de las negociaciones en materia comercial entre Canadá, México y Estados Unidos es una gran noticia para la estabilidad económica de la región.
BALANCE
Al cerrarse el ciclo de 24 años de duración del TLCAN, puede decirse, con certidumbre, que este instrumento cumplió con sus objetivos originales. En el inicio del nuevo ciclo democrático que comenzará el primero de diciembre, López Obrador arrancará con el pie derecho su gestión, al resolverse un acertijo que atormentaba a los principales fondos de inversión y que presionaba al tipo de cambio.
Pensando en el interés nacional, por encima de sus diferencias políticas, la cooperación entre los equipos de Peña Nieto y AMLO rindió buenos frutos para México. Aún falta la ratificación de los respectivos congresos, sin embargo, el acuerdo que ya existe debe ser motivo de certidumbre en un mundo inestable y frágil.

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