INSEGURIDAD: LA SUMA DE TODOS LOS MIEDOS


Por Jorge Fernández Menéndez

Lo ocurrido en San Juanico es casi un paradigma de la profundidad de la crisis de inseguridad que vive el país y de sus razones. Cuatro delincuentes asaltan una gasolinería en una de esas tierras de nadie que son los límites entre la Ciudad de México y los municipios conurbados, cuando la policía capitalina los persigue se refugian en su colonia, que está pasando el límite territorial de la Ciudad de México, allí un grupo de personas los protege y termina “reteniendo” (es la forma elegante de decir secuestrando) a los elementos policiales, más policías van a rescatarlos y lo hacen con violencia y sin método, ante una ciudadanía hostil que protege a los delincuentes y ataca a la policía.
La mañana siguiente los pobladores, demasiado organizados para ser un movimiento espontáneo, bloquean una de las principales autopistas del país. Apoyados por el sacerdote del pueblo presentan un pliego petitorio demasiado politizado y cuando promedia la protesta aparecen jóvenes con el rostro cubierto, con bombas molotov, algunas armas, palos, piedras y agreden a policías y periodistas, saquean comercios, queman patrullas.
Finalmente, después de 20 horas de bloqueo porque nadie decide desalojarlos, llegan fuerzas federales y los quitan. Todavía se dan algunos enfrentamientos menores, pero los comunicados dicen que hay “saldo blanco”, aunque los que se llevaron la peor parte son los policías, uno de ellos herido de cierta gravedad.
Prácticamente, no hay responsables ni detenidos, los que lo son terminan a las pocas horas en libertad, aunque varios policías reciben denuncias en su contra y la Comisión de Derechos Humanos local decide actuar investigándolos. La coordinación de las autoridades fue inoperante, por lo menos, hasta bien entrada la tarde.
Lo que hay es un desprecio absoluto por la ley, por la legalidad, de todos los actores, pero lo cierto es que el origen del problema es que los pobladores decidieron proteger a los delincuentes y atacar a los policías y éstos no estaban preparados para responder a una operación de rescate de los suyos, y entonces lo hicieron a los golpes.
En el fondo del problema lo que sucede es que como se han cansado de mostrarlo algunos espacios, sobre todo, series producidas, paradójicamente, por algunos de los más cercanos al presidente electo, los delincuentes no son tales, sino una suerte de luchadores sociales que así se rebelan contra la pobreza y así son tratados.
En el discurso de la próxima administración se confunde la lucha contra el crimen con la represión contra el pueblo. Si un grupo bloquea una autopista, roba y saquea un tráiler con mercancía no es un robo, es un acto de protesta social, aunque esos productos se terminen vendiendo después en el mercado negro.
La policía está desprestigiada porque, primero, salvo áreas muy concretas, no está especializada, y segundo porque se ha ganado, en muchas ocasiones, su mala fama. Pero también porque es descalificada desde el propio poder. Pasa en San Juanico, pero también con los huachicoleros en Puebla y Guanajuato o con los productores de goma de opio en Guerrero. Los delincuentes y algunos actores políticos han convencido a las comunidades de que el territorio es suyo y que tienen derecho a controlarlo e incluso a apropiarse de lo que pase por allí y, además, saben que gozan de casi total impunidad en ese tipo de acciones.
En Guerrero dicen que si la tierra es suya pueden sembrar lo que quieran, los huachicoleros le dicen a la gente que si los ductos de Pemex pasan por su territorio tienen derecho a saquearlos. En las colonias periféricas, como San Juanico, muchos creen que tienen derecho a proteger a los delincuentes porque también son de los suyos.
Es la historia de nunca acabar y hoy, cuando la próxima administración presente su estrategia de seguridad, debe tomarlo en cuenta: sin seguridad cotidiana y seguridad jurídica no hay estabilidad posible. Sin acabar con la impunidad no se puede avanzar en la seguridad pública, sin instituciones policiales fuertes, sólidas, bien equipadas, preparadas y coordinadas no se puede atacar a una delincuencia cada vez mejor armada y más audaz (porque se sabe impune). Si no se obliga a todos los actores a actuar en el marco de la ley, el mando lo seguirán teniendo los delincuentes.

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