FIN DE SEXENIO


Por Javier Aparicio

Lo más adecuado para un artículo en una semana como esta sería hacer una especie de recuento del sexenio que termina, o quizá plantear algunos de los retos del sexenio que está por comenzar. Para bien o para mal, la administración del Presidente saliente parece haber terminado hace varios meses, quizás desde antes de 2018. Por otro lado, el gobierno de López Obrador parece haber iniciado hace varios meses, quizá desde antes del primero de julio pasado.
El sexenio de Peña Nieto comenzó con la promesa de una serie grandilocuente de reformas estructurales —enmarcadas en un pacto político entre tres fuerzas políticas—, pero termina plagado de escándalos de corrupción y dispendio, y deja a un país con los índices más altos de violencia homicida, mayores incluso de los que le heredó Felipe Calderón seis años atrás.
El gobierno saliente presume tasas moderadas de crecimiento económico, pero éstas palidecen frente a proporciones de población en pobreza que, acaso, disminuyeron marginalmente. Los precios clave de la economía son todos peores: los precios de la gasolina, el tipo de cambio frente al dólar, alimentos básicos como tortilla y huevo son todos más caros ahora.
En las elecciones intermedias de 2015, el gobierno del PRI presumió haber logrado mantener la mayoría del Congreso mediante su coalición con el Partido Verde y Nueva Alianza. Una mirada más detallada notaría que, de hecho, el PRI comenzó a perder votos desde 2013, tal y como se confirmaría en las elecciones locales de 2016 a 2018, año en que el PRI cayó al tercer lugar de la votación presidencial por segunda vez en su historia.
Quizá sea demasiado pronto para dilucidar en qué momento se acabó el sexenio de Peña Nieto. Para algunos, todo acabó con el escándalo de la Casa Blanca, para otros, con la tragedia de Ayotzinapa. Y, para otros más, con la subida del precio de la gasolina. Sin duda alguna, cada uno de esos episodios tuvo cierto impacto en muchos electores. Quizá la secuencia de eventos resultó insostenible. No hay que olvidar, por supuesto, que la caída de los precios internacionales del petróleo de unos años a la fecha también tuvo un impacto severo en las finanzas públicas y en los rendimientos prometidos de la llevada y traída Reforma Energética.
Por años, el PRI retrasó o regateó algunas de estas reformas a los gobiernos del PAN, quizás apostando en cosecharlas una vez que volvieran al poder. Al parecer, fue demasiado tarde: para cuando se aprobaron las reformas, los inversionistas ya estaban viendo para otro lado. La deuda pública del país es la más alta de la historia. Algunas deudas tienen rendimientos de largo plazo. En este caso, no es tan claro: parte de la deuda sirvió para financiar corruptelas.
No todo lo hecho fue malo, dirán con cierta razón algunos voceros del gobierno saliente. Sin embargo, el veredicto de las urnas del pasado primero de julio fue contundente: merecían perder y acabaron en tercer lugar. En general, el voto de castigo deja lugar a muy pocos matices: se castiga un desempeño relativamente malo sin saber a ciencia cierta si la nueva alternativa apoyada por el voto mayoritario realmente funcionará. Las más de las veces, las promesas de campaña siempre resultan ser más utópicas que el desempeño de los gobiernos.
Del otro lado del espectro, el gobierno entrante parece haber comenzado desde tiempo atrás. El gabinete, por ejemplo, fue anunciado durante la campaña misma y ahora, al parecer, habrá algunos cambios. Durante la campaña, y otro tanto en las semanas recientes, las promesas o lo que puede llamarse el programa de gobierno de López Obrador parece ser tan ambicioso y cambiante como escasos han sido los detalles y la letra pequeña de su implementación. Un día se promete una nueva estrategia de seguridad, otro día se promete someterla a una consulta de dudosa manufactura. Un día se promete acabar con la corrupción barriendo de arriba para abajo y, al otro, se sugiere un borrón y cuenta nueva.
Las expectativas detrás del gobierno entrante también son sumamente altas, irrealizables dirían algunos de sus críticos. Muy pocos políticos tienen los incentivos suficientes para producir buenos gobiernos por voluntad propia. Se los tiene que exigir la oposición y la sociedad. Ojalá la sociedad le exija tanto o más al nuevo gobierno como al saliente.

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