UNA MÁS DE LAS REDES SOCIALES


Por Jorge Petrikowski

En la entrega anterior de esta columna abordé el movimiento #MeTooEscritoresMexicanos, algo que parecía terminar con una serie de abusos por parte de personalidades de las letras mexicanas, pero con el paso de la semana se dieron nuevas denuncias, esta vez en contra de músicos, académicos y hombres de todos los círculos y estratos sociales, pero no es precisamente esto lo que hace necesario retomar el tema —que ya este hecho da mucho para reflexionar—, es la lamentable muerte de Armando Vega Gil, músico y escritor que el día de ayer, tras ser denunciado en redes, decidió quitarse la vida asegurando que esto no era verdad.
El escritor y músico fue denunciado de manera anónima en la cuenta de Twitter #MeTooMúsicosMexicanos, algo que en una publicación hecha antes de morir, negó vehementemente y argumentó que, pese a no ser cierto, el estigma lo acompañaría toda su vida, perdería trabajos y afectaría a su hijo, lo que representa la otra cara de la moneda, los otros afectados.
Las redes han servido para que las mujeres, que durante años no tuvieron un medio abierto para presentar sus inconformidades, levantaran la voz y buscaran terminar con vejaciones de las que fueron objeto por años, pero también han servido para realizar una cacería de brujas que permite desde el anonimato señalar a una persona sin que se haga investigación o se demuestre lo que señalan, dando paso a un sinfín de difamaciones.
No cabe duda que las denuncias hechas deberán ser indagadas, que las autoridades no pueden hacerse de la vista gorda y castigar a los responsables como se ha hecho en otros países, pero en casos donde no se demuestre también quien hace la acusación, teóricamente falsa, deberá responder; de aquí la importancia de que si hay denunciado haya denunciante, ambos con nombre y apellido.
El caso de Armando Vega Gil ha causado estupor entre las redes sociales, principalmente por la nota que dejó publicada en su Twitter minutos antes de ser encontrado colgado de un árbol; el mensaje ha llegado a varios sectores que han expuesto la inconformidad de que se suban las denuncias sin saber si esto es verdad, ha causado la misma indignación que provocaron las denuncias de acoso sexual que son comprobadas.
Si bien la denuncia hecha en su contra no llega si quiera a un contacto lascivo el tema cobra relevancia cuando se revela que la acusadora tenía trece años cuando sucedieron los hechos y a esto se suma el hecho de que el hoy fallecido haya hecho trabajos para organizaciones en pro de los niños y publicara cuentos infantiles; de ahí que se entienda que su vida laboral se viera particularmente afectada; sin embargo no fue el único afectado, pues el movimiento perdió credibilidad, un movimiento, que para muchas personas representaba una verdadera oportunidad de ser escuchadas.
Más de un señalado han insistido en su inocencia, esto sin que signifique que sea verdad, pero el caso Vega Gil podría sumarse a un nutrido número de casos en que las redes sociales han servido para difamar, acosar y llevar a los señalados a un extremo inimaginable para muchos, pero que para una personalidad pública significa ser lapidado por medios y por la sociedad.
Al igual que las demás denuncias por acoso esta deberá ser esclarecida por las autoridades, pero deberá ser un llamado de atención para los perfiles que en pos de dar voz a mujeres afectadas han permitido que se filtren denuncias falsas; en medida que este aspecto sea cuidado el movimiento MeToo cobrará credibilidad, al igual que las redes sociales.

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