Réquiem por la libertad de expresión


Por Jorge Petrikowski

La semana pasada se dio a conocer que el fundador de la página WikiLeaks, Julian Assange fue capturado por la policía británica cuando se encontraba al interior de la embajada ecuatoriana donde había pasado los últimos años de su vida evitando una orden de captura que Estados Unidos lanzó en 2012, esto porque el presidente Lenín Moreno sucumbió a la presión internacional y le retiró la protección que se otorgaba.
Con esto se sienta un presente pues desde el inicio de su administración Moreno dejó entrever la posibilidad de echar a Assange quien era perseguido por conspiración al dar a conocer documentos militares que ponían a la luz una serie de irregularidades en operaciones que dejaban en entredicho la credibilidad de los estadounidenses, algo que a todas luces es una falta, pues muchos eran clasificados, pero aquí entra una pregunta ¿hasta dónde llega la libertad de expresión?
Para muchos lo hecho por Assange no es sino una máxima de esta libertad, otros lo podrán condenar, pero ¿el trabajo periodístico no es eso?, ¿No se trata de sacar a la luz irregularidades, verdades e información que en más de una ocasión incomodará a alguien? Porque de ser así, Assange no hizo algo distinto a esto, que Estados Unidos “la tierra de la libertad” hoy condena duramente y por lo que le espera una larga temporada en prisión.
Cada nación tiene sus propias reglas, leyes y criterios para castigar, pero nadie pone en duda que matar a pedradas a alguien por ser infiel es un acto barbárico que debería ser abrogado, o lapidar a un joven por el hecho de ser homosexual, eso va en contra de los derechos humano, ¿atentar contra la libertad de expresión no merecería la misma condena y la misma lucha para que se respete?
Lo que se ha hecho con Assange es cazar brujas y poner el dedo en algo que de otra manera hubiese resultado en un escándalo para Estados Unidos, hubieran sido señalados por todas las faltas e irregularidades que, aunque se comentan abiertamente, quedaban al descubierto.
Esa estrategia es digna de un régimen de miedo, de una dictadura que sólo permitirá hablar a los medios sobre temas que le convengan y que no los dejen quedar en mal, si se argumenta seguridad nacional, se gastará una vez más un comodín en el que ya nadie cree.
El juicio que se le haga será monitoreado en todo el mundo y levantará una serie de críticas sin importar cuál sea la condena, pues representa una puñalada a los medios de comunicación, puñalada que puede ser practicada por otros gobiernos del mismo corte autoritario y que a la postre puede resultar en un eventual fin de la libertad de expresión.

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