EL CINE, UNA EXPERIENCIA A PRUEBA DE LA PACIENCIA


Por Jorge Petrikowski

Comenzaré por aclarar que no, no hablo del cine como expresión artística, sino de los establecimientos, especialmente de las cadenas comerciales que dominan el panorama cinematográfico en el país, dígase Cinemex y Cinépolis, cadenas que a pesar de ver que sus números están siendo vapuleados por las empresas que ofrecen contenido en línea, parecieran hacer todo lo posible para que el cliente se quede en casa bajo el cobijo de Netflix, Amazon y toda la oferta de streaming.
Si se hace un recorrido por una experiencia de ida al cine se encontrará que, de inicio, los costos son altos, la entrada rondará los 75 pesos en una sala “clásica”, porque el 3D, o un servicio VIP resulta mucho más elevado, pero hasta ahí es aceptable, a esto se suma que ya hay una variedad de métodos para conseguir entradas, métodos que dejan de lado la interacción humana y, afortunadamente, tener que hacer interminables filas.
Una vez teniendo los boletos, en los más de los casos, se buscarán alimentos, bebidas o golosinas; una fila inmensa la mayoría de las ocasiones para llegar al mostrador y encontrarse con precios exorbitantes y calidad que ronda, apenas, lo aceptable. Palomitas, refresco, nachos por 200 pesos con tamaños que pocos podrían terminarse en dos horas de película. El descenso a los infiernos ya comenzó.
El ingreso a las salas suele ser sin contratiempo y encontramos una sala que si bien presenta comodidades suele estar sucia —acaso el poco tiempo del que disponen los trabajadores para realizar un aseo aceptable—, pero eso es sólo el comienzo del fin porque a un lado nos puede tocar un vecino que no guarde silencio ni un minuto desde que se sienta, también nos puede tocar un espécimen, cada día más abundante, que se dedica a prender su teléfono como si la luz del dispositivo se enfocara exclusivamente a él, sin contar a aquel que patea el asiento delantero como si fuera suyo y no hubiera nadie sentado ahí, todo esto con la complacencia de los trabajadores que en lugar de ayudar te miran como alguien sumamente intolerante si pides ayuda, como si te quejaras de algo regalado.
La película comienza y cuando uno se dispone a comerse sus alimentos te encuentras con veinte minutos de terroríficos comerciales que se hacen eternos y que para cuando terminan los alimentos han desaparecido cuando el espectador es impaciente, así te quedarás sólo con un litro de refresco rebajado para el resto de la función.
Con un poco de suerte la película elegida será de buena calidad y si no, se terminará decepcionado y con la sensación de que todo lo gastado fue un desperdicio, y ni hablar del tiempo invertido, saliendo del complejo con más pena que gloria.
Así pues, gran parte de las visitas a un cine suelen ser una prueba a la paciencia del espectador que para la próxima ocasión, probablemente, preferirá quedarse en casa y recostado en su cama, sacrificará el tamaño y quizá la calidad de la pantalla para, paradójicamente, gozar del silencio y las comodidades que brinda estar alejado de un cine.

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