“PERDÓN”, LA PALABRA QUE PIÑERA PUSO PARA SALVAGUARDAR VIDAS


Por Roberto Cruz

Hablar desde el Palacio de La Moneda debe empujar hacia un halo histórico de sobriedad.
De hecho, desde hace cinco días, cuando estallaron las protestas y enfrentamientos en las calles de casi todas las ciudades de Chile, pero principalmente en la capital, Santiago, ante el anuncio de la alza a las tarifas del Metro, muchos volteamos a ver el pasado con alto grado de estoicismo.
Los sucesos, recordando lo que una semana antes terminaba en Ecuador, cuando el Presidente Lenin Moreno cancelaba la alza a la gasolina ante la cifra ascendente de muertos por las protestas; o lo que meses atrás hacía tambalear a Daniel Ortega en Nicaragua, o el consuetudinario escenario en Venezuela, se tornaban preocupantes porque atraían las imágenes de Salvador Allende y Augusto Pinochet. La historia inolvidable, pero que todos quisieran olvidar, o decir que no existió.
Por las cicatrices, ver tanquetas recorriendo las avenidas de la capital chilena, escuchar el anuncio, por cuarta vez consecutiva, de un toque de queda, pero, ante todo, contabilizar, en cinco días, tres, ocho, 11, 15 muertos, el riesgo era funesto.
Desde 1973, lo que ocurra en Chile no puede medirse con la facilidad de una casualidad como en Ecuador o Nicaragua.
En el quinto día de la advertencia, el Presidente Sebastián Piñera optó por lo sensato: “Reconozco esta falta de visión y le pido perdón a mis compatriotas”.
La palabra “perdón” puede sonar a rendición, pero también a sabiduría. La palabra “perdón” la utilizan los sensatos cuando en verdad reconocen que por minúscula que sea la falta, el exceso o la medida adoptada, ha rebasado los límites de la paciencia.
Hoy en día ya no alcanzan las tanquetas; los toques de queda. Ni siquiera la cosquilla de rociar una lata de gas lacrimógeno. No alcanza cambiar la sede del gobierno de la capital a otra ciudad para huir del escrutinio (como lo intentó Lenin Moreno, en Ecuador). Cuando el juego ya no gusta y empalaga, las calles son muy anchas. Cuestión de incitar con terquedades y vaciladas.
Por eso Piñera salió, este martes por la noche, a poner fin a la sombra del pasado. “Pido perdón a mis compatriotas”, fue su mejor arma.
Tanto fue su deseo del armisticio que no sólo dejaba atrás la alza a las tarifas del Metro chileno, sino que anunció hasta una mejora al salario, a las pensiones y a los servicios de Salud.
Lo acontecido en medio año en Nicaragua, Ecuador y Chile demuestra que en sus fallas, los gobernantes deben tener a la mano el mejor antídoto contra el enojo de cualquiera de las clases sociales, la sapiencia.
Los gobernantes deben olvidar o sacarse del cerebro que asumen un reino y que los ciudadanos son, simplemente, lacayos a sus pies, sean pueblo sabio o pueblo tonto.
Si revisamos la trayectoria de desarrollo en los países de Latinoamérica en lo que va del Siglo XXI, o desde la última década del XX, vemos que el país más propositivo es Chile, o lo fue hasta hace unos años, en competencia con Brasil. Subieron al estrado de las economías más sobresalientes con medidas claras, no con cuentos chinos ni la soberbia en el pecho.
Cerca han rondado otros, como Colombia y México. Más nuestro país. A la deriva, Argentina.
Chile y Piñera dieron, este martes, un ejemplo. Quizá este miércoles, los fantasmas hayan desaparecido en Santiago, o tal vez sigan ahí; lo mejor es que no.
Pero la moraleja, a menos que sea por un tiempo mejor, es no retornar al pasado. O que si se yerra se tenga la suficiente cordura para pedir “perdón”.

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