¿POR QUÉ AHORA MILITARIZAR AL PAÍS?

Por Juan Bustillos

Hoy es un día histórico porque todo parece indicar que los radicales, los halcones de la Cuarta Transformación, se impusieron a los colaboradores de pensamiento democrático y mesurado que rodean todavía al Presidente López Obrador.
Me resisto a creerlo, más que por convencimiento porque me resulta cuesta arriba aceptar que López Obrador, que arribó de manera democrática al gobierno enarbolando un discurso inobjetable a favor de los derechos humanos lesionados por los abusos de las Fuerzas Armadas convertidas en policía contra su voluntad en los sexenios pasados, y que una vez instalado en el poder proclamó la cancelación de la guerra contra el crimen organizado y la política de cambiar abrazos por balazos, ahora se eche en brazos de soldados y marinos para encargarles “permanentemente” tareas de seguridad pública hasta casi el final de su administración, es decir, en vísperas de las elecciones de 2024.
Las facultades ya las tenía el Presidente, pero se tardó 14 meses en llevarlas a la práctica, conforme al Decreto publicado el pasado 26 de marzo de 2019, por la Secretaría de Gobernación en el Diario Oficial de la Federación, en particular, a lo establecido en su Artículo Quinto Transitorio el cual establece que:
“Durante los cinco años siguientes a la entrada en vigor del presente Decreto, en tanto la Guardia Nacional desarrolla su estructura, capacidades e implantación territorial, el Presidente de la República podrá disponer de la Fuerza Armada permanente en tareas de seguridad pública de manera extraordinaria, regulada, fiscalizada, subordinada y complementaria”.
Algo muy especial debe estar ocurriendo que precisamente ahora López Obrador echa mano de las Fuerzas Armadas.
La primera explicación y, deseo que fuese la única, es que el gobierno norteamericano se endureció y lo obligó a corregir su concepción de combatir al crimen organizado con abrazos y mediante acusaciones a narcotraficantes y sicarios con sus madrecitas y abuelitas para obligarlos a portarse bien.
Pero sospecho, con muchos otros, que esta realidad indiscutible encubre otra, esta si de escalofrío: el temor a que las circunstancias que ya vivía el país mucho antes de que el coronavirus y la crisis económica causadas por el virus y la caída de los precios, se desborden y den pie a estallidos sociales que ameriten, conforme a estrategas del gobierno, disuasión.
Y ¿que mejor manera de disuadir a los inconformes que con soldados y marinos en la calle inspeccionando vehículos so pretexto de buscar armas o droga, por ejemplo, como ya lo hace la policía?
Es lo único que no esperaba de un movimiento, como el encabezado por López Obrador. Lo suponía carente de genes sudamericanos, bolivarianos, pues, en el sentido que lo conciben Maduro, su antecesor y algunos de sus congéneres de la parte sur y antillana del continente.
En mi entrega de ayer aludí al golpismo que empieza a incubar en algunos sectores mexicanos lastimados por la desatención y hasta menosprecio y desprecio del Presidente. Lo hice con informaciones de colegas como Salvador García Soto y a Darío Celis que han dado cuenta puntual de algunas de sus manifestaciones.
Mencioné al regiomintano Pedro Luis Martín Bringas que dice encabezar el Frente Nacional para la Remoción del Pesidente Andrés Manuel López Obrador, pero otro colega ayer mismo me hizo notar que este personaje del clan propietario de la empresa Soriana es conocido en su tierra por supuestos problemas de orden psiquiátrico, por lo que no habría que hacerle mucho caso.
Sin embargo, lo cierto es que agremiados al Consejo Coordinador Empresarial han presionado a su dirigente, Carlos Salazar Lomelí, con sugerencias de que ya es tiempo de que López Obrador deje el poder.
Salazar Lomelí habría respondido a quien lo plantea que puede esperar a 2022 cuando se convocará al país para decidir sobre la revocación de mandato y conseguir 30 millones de votos.
Lo cierto es, intenté hacerlo notar ayer, que soplan vientos de golpismo en México y que el propio Presidente ha aludió a ello a partir de que en un desayuno en la Secretaría de la Defensa Nacional el ex subsecretario Demetrio Gaytán Ochoa habló de malestar militar en presencia del secretario Cresencio Sandoval.
Pero en aquella Semana Santa el supuesto golpismo al que AMLO aludía servía para distraer la atención pública de otros temas. Hoy, parece que todo va en serio, de lo contrario no tendría sentido el Decreto publicado en el que el Presidente confía la seguridad pública a las Fuerzas Armadas, como con Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, eso si, subordinadas ahora a la Guardia Nacional que en los hechos lo está a la SEDENA y no al secretario de Seguridad, Alfonso Durazo.
Nada peor podría pasar al país que una intentona ilegal de deposición del mandatario, pero del mismo tamaño es que la militarización del país ocurra por presión del gobierno de Donald Trump, el reconocimiento paladino del fracaso de la política de brazos abiertos al crimen organizado o por temor a estallidos sociales.

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