VENTA DE VOTOS


Por Gerardo Galarza

Los maestros de teoría económica marxista decían que en el modo de producción capitalista había dos clases sociales: los burgueses y los proletarios. Los primeros eran definidos como los propietarios de los medios de producción y los segundos eran aquellos que sólo tenían como propiedad su fuerza de trabajo… o algo más o menos así.
Entonces, en ese sistema dominado por el mercado la única mercancía que podían vender los proletarios para sobrevivir era su fuerza de trabajo, antes que su revolución estableciera su dictadura y el paraíso terrenal, lo que con el paso de los años no ocurrió y, de hecho, no ocurrirá en el futuro al menos con esa fórmula. Los sistemas económicos “posteriores” reales al capitalismo desvalorizaron al mínimo (¿lumpenizaron?) el precio de esa mercancía llamada fuerza de trabajo.
En el sistema político de la democracia la única propiedad que tienen los ciudadanos comunes y corrientes es su voto. En otras palabras, la única mercancía (no se espante: los candidatos y sus partidos contratan desde hace años a mercadólogos y presuntos expertos en algo que le llaman marketing político para sus campañas) que pueden intercambiar o vender en el mercado electoral es su voto.
Claro, esto no puede decirse ni escribirse así. Está muy mal visto o, como se dice ahora, no es políticamente correcto. Es más, habrá quienes piensen, crean y digan que llamar mercancía al voto linda en la corrupción. Por eso hay que proclamar que el voto es un derecho (el trabajo, también) y una obligación ciudadana (el trabajo también, y dignifica — ¿o ennoblece?— al hombre, decían). No se le vaya a ocurrir a usted siquiera intentar decir que va a vender su voto, porque será considerado un mercachifle político-electoral o algo mucho más grave.
Pero en la realidad ocurre lo contrario: los candidatos y sus partidos todos los días hacen ofertas directas e indirectas por los votos de los ciudadanos. Cualquier promesa electoral, de cualquier tipo, es eso, una oferta a participar en una transacción mercantil.
Antes, en México y en el mundo, eran, digamos, más discretos. Ofrecían ideologías, proyectos de nación o de país, políticas públicas o ya a lo muy jodido: empleo, educación, bajos precios, menos impuestos, seguridad, salud a cambio del voto del ciudadano. Es decir: yo te doy, tú me das; intercambio puro, como en cualquier mercado.
Hoy, en México, y quizás en el mundo también, los candidatos y sus partidos han perdido el decoro, el pudor, la discreción, la corrección, y abiertamente salen a la compra de votos: tarjetas de débito, de descuento y dinero en efectivo para jóvenes ninis, madres solteras, ancianos, desempleados, más lo que se acumule, renta mínima y —ya a lo muy jodido y descarado— despensas, tinacos, materiales para la construcción y tortas, refrescos y billetes para la asistencia a mítines. En otras palabras: yo te doy, tú me das; intercambio puro de mercancías.
Claro, todos los candidatos y sus partidos le dicen al ciudadano que el voto es libre y secreto y que denuncie a quienes les quieren comprar el sufragio… siempre y cuando sean sus contrarios.

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