¿POR QUÉ ORTEGA Y MADURO SÍ PUEDEN REPRIMIR, MATAR?


Por Roberto Domínguez Cortés

Las tanquetas sobre las calles correteando y disparando contra civiles, las recordaba en Nicaragua sólo antes de 1979 cuando gobernaba sus últimos días la dinastía Somoza. Y las víctimas eran miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional o ciudadanos que apoyaban el movimiento de insurrección.
Desde hace mes y medio, camionetas Toyota acondicionadas con armas, policías con uniformes nuevos y cascos, hacen las veces de aquellos instrumentos de represión contra los que muchas veces Daniel Ortega dijo que peleaba y que nunca volverían a ser utilizados contra la gente.
Mintió.
Juró que tumbarían a un dictador. Lo hicieron, pero siguió la senda de la dictadura. En el gobierno ya va para dos décadas.
En las últimas semanas su gobierno ha enfrentado protestas masivas que han dejado un saldo de más de 70 muertos. Ha ignorado a la Iglesia Católica en sus llamados a negociar, ha ignorado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y sus fuerzas policiacas y militares han invadido terrenos universitarios. Ha utilizado francotiradores.
El mismo cuento ha resultado en Venezuela. Como lo fue en un tiempo contra los disidentes cubanos. La justificación de “salvar la revolución” es la respuesta que no conceden a ningún otro régimen o forma de gobierno.
Al menos Cuba tiene el reconocimiento internacional de haber evolucionado, con orgullo y esfuerzo, campos como la Medicina y la Educación, venciendo siempre el intolerable y grosero bloqueo estadounidense.
Ahora, digamos que en México el mayor agravio contra la juventud de la época moderna postrevolucionaria, contra los civiles, ha sido el episodio de 1968, casi unido al de 1971.
Desde entonces, en México evolucionó la actividad social, la Izquierda (aunque también la Derecha) han arrebatado mucho espacio al omnipresente priísmo. Bajo esa presión, el Estado, no porque no pueda o quiera, sino porque el totalitarismo se reduce a prehistoria política, la aplicación de la fuerza policiaca o militar está controlada o cuasi-controlada.
El episodio sádico de los tiempos más recientes está en Iguala, Guerrero, pero de ello, como las manos de la Izquierda están metidas hasta el tuétano, ni pío dicen sus dirigentes. Y vaya que no hay pizca de argumentos por el que su responsabilidad quede libre de la desaparición de los 43 normalistas. La Izquierda los controló, los descontroló, los azuzó y los entregó. De eso saben mucho, pero mucho, el PRD, Morena, el PT y Movimiento Ciudadano.
En México, enmascarados pueden agredir al Ejército, lanzar a un cuartel, piedras, palos, camiones, molotovs. Pueden incendiar policías, quemar la puerta de Palacio Nacional y destruir cuantas veces quieran comercios y edificios públicos.
Vaya, en la Ciudad de México hasta leyes existen para proteger las manifestaciones. Más aun, quien vandaliza, tiene derecho a pagar una fiancita y salir libre… y volver a la carga.
En los países señalados, a donde arribaron los gobiernos-paraíso, quien lance un cerillo a un policía o a un militar es persona muerta, así de sencillo. Muer-ta.
Y esa es la tuerca que no enrosca en los llamados gobiernos populares (de izquierda, “vanguardistas”). Imponen un poder sobre la decisión, no digamos ciudadana, sino humana.
Está permitido con ellos, en sus regímenes, con ningún otro. Claro, en nombre de la “revolución”, violenta o pacífica.
Pero no sólo eso. Juran actuar para emular a éste o aquél prócer de sus Historias nacionales y lo primero que hacen en perpetuarse en el poder. Algunos en nombre de Bolívar, otros de Sandino, pero ya, exageradamente, alguno hasta en paquete Juárez-Madero-Cárdenas.

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