VOTO PERSONAL


Por Javier Aparicio

¿Usted ya decidió su voto presidencial? ¿Y qué hay respecto a su voto para el Congreso o, en su caso, los gobiernos locales? En caso afirmativo, ¿diría que decidió el sentido de su voto por su afinidad por cierto partido político o, más bien, por la identidad del candidato o candidata?
La distinción entre el “voto partidista” y el así llamado “voto personal” ha intrigado a la ciencia política y los estudios sobre sistemas electorales desde hace años. Por desgracia, como hemos dicho antes aquí, los motivos detrás de las acciones son difícilmente observables. Podemos analizar qué candidatura o partido obtiene más votos, pero no podemos saber, al menos no de manera inmediata, si la motivación detrás de cada sufragio fue un apoyo al partido o a la reputación personal de cierta candidatura.
¿De qué depende el voto personal? Según los politólogos John Carey y Matthew Shugart, los incentivos para cultivar un voto personal dependen de las características del sistema electoral. Por ejemplo, los sistemas mayoritarios inducen un voto más personal que los sistemas de representación proporcional. Y dentro de los sistemas de representación proporcional, un sistema con lista abierta –en el que el votante decide qué candidatura de la lista partidista desea apoyar— induce un mayor voto personal que un sistema con lista cerrada y bloqueada —como el que tenemos en México— donde los partidos políticos deciden quiénes ocupan los primeros lugares de la lista plurinominal, y con ello prácticamente aseguran curules.
Otro elemento por considerar es si el voto por cierta candidatura individual sirve para apoyar a otras más. En el caso de México, al tener un sistema electoral mixto con una sola boleta para la Cámara, cada vez que votamos por una candidatura de mayoría relativa, al mismo tiempo estamos votando por la lista plurinominal (cerrada y bloqueada) de cierto partido político. Y lo mismo ocurre para el Senado. Si tuviéramos dos boletas, una para cada principio electoral, podríamos apoyar la candidatura uninominal de un partido y la lista plurinominal de otro —lo cual fortalecería a los votantes frente a las cúpulas partidistas, que eligen quiénes llegan a la boleta—.
La distinción es importante, puesto que la prevalencia del voto partidista o personal puede tener un papel determinante en la calidad de los gobiernos que elegimos y el tipo de rendición de cuentas a la que sometemos a los políticos o partidos.
En un país como México, en el que por décadas no podíamos reelegir a legisladores ni a alcaldes, se decía que el voto era predominantemente partidista: Al no haber reelección, en las urnas se premiaba o castigaba a los partidos políticos. Ahora que la reelección estará de vuelta, no debería sorprendernos que los niveles de voto personal aumenten en los congresos y ayuntamientos.
La identidad o afinidad partidista también afecta de manera natural el voto partidista. De un tiempo a esta parte, por ejemplo, los niveles de voto de los tres partidos tradicionales han venido en declive. Este año, en nuestro país hay tres coaliciones relativamente inusuales: PAN-PRD-MC, Morena-PT-PES y PRI-PVEM-Panal. Si bien el voto presidencial es eminentemente personal, no puede decirse lo mismo del voto legislativo.
Si usted encuentra particularmente despreciable a alguno de los partidos coaligados, recuerde que no tiene por qué tacharlos en la boleta: Basta tachar un solo logotipo partidista para apoyar al candidato de su preferencia. Pero no hay atajos: Muchas de las candidaturas fueron pactadas previamente por los partidos en coalición. El voto personal requiere un mayor esfuerzo: Revise con cuidado los nombres al frente y reverso de su boleta.

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