CAMPAÑAS Y AGRESIONES

Por Helga Kauffman

Un día sí y otro también, en el país se han suscitado ataques violentos en contra de candidatos a puestos de elección popular.
Como hace mucho no se veía, la violencia impacta y de forma grave a las campañas políticas. Asesinatos, amenazas e intimidaciones son el pan de cada día. Es común enterarse por los medios de este tipo de agresiones, en donde existen claras motivaciones políticas y nula respuesta por parte de las autoridades.
El clima de intolerancia y la tendencia inequívoca al uso de la violencia como medio para amedrentar a opositores, se magnifica.
En muchos frentes electorales la agresión está desbordando los límites de la civilidad y la intolerancia y marca la pauta de una contienda que tendría que estar encaminada hacia el debate de las ideas y al análisis razonado de las opciones.
Desafortunadamente, el presidente de la República ha sido el mayor promotor de este clima con declaraciones insidiosas que, lejos de promover la civilidad, polarizan y generan crispación política.
En el espíritu de nuestro sistema republicano, cívico y democrático, la responsabilidad del Jefe de Estado es asumir una postura verdaderamente neutral, contribuir a que las contiendas electorales se desarrollen en un clima de respeto y ajeno a cualquier posibilidad de violencia.
Pero, al renunciar a esta responsabilidad, el mandatario también renuncia a ser presidente de todos los mexicanos a cambio de seguir siendo un líder faccioso.
Y si a ello se suma el hecho de que no hay autoridad que ponga la cara, el panorama es sombrío.
Desde la administración federal se leen comunicados que incluyen el número de políticos y candidatos que han sido víctimas de la violencia, pero no se habla de una estrategia de contención para atender la escalada que preocupa y mucho.
El encono y la polarización se han convertido en la pista hacia donde el gobierno gusta desviar todos los asuntos de la vida pública. Vivimos en la era de la post verdad, peligrosamente alimentada por el discurso populista autoritario que fragmenta, divide y segrega.
Pareciera que hay quienes buscan que México regrese a aquellos tiempos oscuros del partido único, programas sociales clientelares, oposición sobajada y amenazada.
La violencia que acontece es un síntoma más de todo lo que está mal, es la muestra de un país donde principalmente las mujeres están muy lejos de sentirse seguras. Tenemos frente a nosotros un lamentable escenario en donde el pueblo debiera estar unido pero la principal causa de división viene desde el poder.
La impunidad es una enfermedad que junto a la corrupción merman el desarrollo social. Cuando aquellos que cometen un delito se saben protegidos por la autoridad, la descomposición social gana terreno; mientras las denuncias continúen estrellándose en la barda del desinterés gubernamental, las cosas están lejos de cambiar.
Mientras tanto seguirá la confrontación en las calles, legítima pocas veces, otras, no tanto. Con la atomización del voto en un boleta repleta de siglas, detrás de las cuales hay un nulo arraigo ciudadano.

 

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