EL TITÁNICO (Y NECESARIO) ENCANTO DE EMPRENDER EN SALUD MENTAL

Por: Mafer Olvera

Hay algo profundamente extraño en decidir emprender.

Uno puede tener un trabajo estable, una rutina más o menos predecible y la tranquilidad de saber cuánto llegará a la cuenta a fin de mes. Y, aun así, un día aparece una idea que empieza a ocupar demasiado espacio en la cabeza. Primero parece una ocurrencia. Después se convierte en una conversación. Más tarde, en un plan. Hasta que llega el momento incómodo de decidir si se queda en el cajón de los proyectos o se convierte en realidad.

Ese salto tiene algo de irracional.

Emprender significa aceptar que muchas certezas desaparecen. Hay que convencer a otras personas de creer en una idea antes de tener resultados suficientes para demostrarla, aprender sobre asuntos que uno nunca imaginó estudiar, formar equipos, equivocarse, volver a empezar y tomar decisiones con información incompleta.

Emprender en salud mental añade una responsabilidad y complejidad distinta. Se intenta construir una respuesta alrededor de una necesidad que afecta directamente la vida de las personas y que durante mucho tiempo ha tenido pocas alternativas de atención.

En otros sectores, un error puede significar perder clientes, tiempo o dinero. En salud, las consecuencias pueden tener una dimensión humana mucho mayor. La responsabilidad obliga a pensar en la calidad de la atención, la formación de los profesionales, la privacidad, los datos, los procesos y la sostenibilidad.

Es decir, para emprender en salud mental no basta con una buena idea: hace falta construir algo que funcione.

Pocas personas lo dicen abiertamente, pero esa es una de las partes menos románticas del emprendimiento social. Las causas importan, pero una causa no sustituye un modelo. La voluntad puede poner en marcha un proyecto, pero la permanencia exige estructura, recursos y capacidad para corregir.

Y la salud mental en México y en el mundo necesita proyectos que permanezcan. ¿Por qué? Entre otras razones, porque catorce por ciento de la población del planeta (unos 1,200 millones de personas) sufre problemas de salud mental; esto es casi el doble que hace 25 años. En este contexto, solo el nueve por ciento de quienes padecen depresión mayor recibe un tratamiento mínimamente adecuado.

Pero aquí emerge una paradoja que me interesa especialmente: para atender problemas sociales a gran escala también necesitamos modelos capaces de sostenerse económicamente.

Durante mucho tiempo pareció que hablar de dinero contaminaba determinadas conversaciones. Como si cobrar por un servicio relacionado con una necesidad social le quitara legitimidad. Como si el compromiso con una causa tuviera que demostrarse mediante el sacrificio permanente de quienes trabajan en ella. No lo creo.

Un proyecto que depende exclusivamente de la buena voluntad puede ser valioso, pero difícilmente tendrá capacidad para responder a una necesidad que alcanza a millones de personas. La escala requiere recursos, profesionales, tecnología, infraestructura y una estructura financiera que permita mantener la calidad.

En salud mental, esta discusión resulta fundamental.

También necesitamos pensar de otra manera el diseño de los servicios. El problema no consiste únicamente en cuántos profesionales existen. Importa cómo se organiza la atención, cuánto tiempo debe esperar una persona, cuánto cuesta, dónde puede recibirla y qué sucede después de la primera consulta.

Eso abre una conversación interesante sobre innovación. Porque la salud mental puede beneficiarse de la tecnología, los datos, nuevos modelos de atención y la colaboración entre disciplinas. Psicología, tecnología, investigación, comunicación, educación, políticas públicas y modelos de negocio pueden encontrar puntos de encuentro alrededor de una misma necesidad.

La innovación, para mí, tiene que ver precisamente con eso: encontrar nuevas formas de organizar los recursos que ya existen para resolver mejor un problema.

También por eso emprender difícilmente puede ser una actividad individual. Una idea puede comenzar con una persona, pero necesita muchas otras para convertirse en una institución. Psicólogos, investigadores, desarrolladores, administradores, comunicadores, especialistas y aliados aportan conocimientos que ningún fundador puede reunir por sí mismo.

Emprender implica aprender a confiar en otros.

Y también aprender a convivir con contradicciones. En salud mental hay una tensión permanente entre la urgencia social y la viabilidad económica; entre lo que debería existir y lo que puede construirse en determinado momento; entre crecer y conservar los estándares que dieron sentido al proyecto. No siempre existe una respuesta cómoda.

Hace unos días recibí el Premio Marea 51 en la categoría de Emprendimiento. Lo recibí con enorme gratitud, especialmente porque viene de Opinión 51, un espacio del que he formado parte y al que admiro profundamente. Marea 51 cumplió cinco años y reconoció a mujeres que, desde distintos campos, están construyendo otras posibilidades. Me parece importante que existan estos espacios porque emprender puede ser una actividad solitaria. En medio de las dudas, las cuentas, las decisiones difíciles y los problemas que nadie ve, saber que otras mujeres también están intentando transformar su realidad tiene un valor enorme.

El reconocimiento me hizo pensar en algo que suele perderse cuando hablamos de emprendimiento como una historia de éxito: la razón por la que alguien decidió empezar. Y en mi caso, esa razón tiene que ver con una convicción muy concreta: el bienestar psicoemocional debería ocupar un lugar mucho más importante en la manera en que construimos sociedad.

La salud mental no resolverá por sí misma problemas como la violencia, las adicciones, la depresión o la ansiedad. Pero sí forma parte de la manera en que las personas enfrentan sus conflictos, construyen vínculos, toman decisiones y atraviesan momentos difíciles. Por eso ampliar su acceso importa. Importa para una persona, para una familia, para una escuela, para un espacio de trabajo y, también, para un país.

Quizá por eso una de las mayores responsabilidades de emprender en salud mental es abrir camino para que después puedan existir más caminos.

Emprender en salud mental es una tarea titánica, y también tiene un extraño encanto: el de convertir una preocupación en una idea, una idea en un proyecto y un proyecto en una posibilidad concreta para alguien más. El de aceptar que probablemente nunca veremos completamente terminado aquello que comenzamos y decidir, de todos modos, que vale la pena construirlo.

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