DEL PATO PEKINÉS A LA SUITE OSCURA

Por Edgar Valero

Primero fue el regaño del presidente Andrés Manuel López Obrador. La razón era simple y lógica: cómo es posible que el ex director de Pemex, Emilio Lozoya Austin, fuera captado cenando en un restaurante de lujo.

Ello dejó en ridículo al gobierno y fue cuando las cosas cambiaron para todos.

Alejandro Gertz Manero, titular de la Fiscalía General de la República, fue varias veces a Palacio Nacional para hablar con el Presidente y el coordinador de consejeros, Lázaro Cárdenas, y un grupo militar empezó a vigilar a Lozoya para evitar que se fugara.

Luego, este miércoles, los fiscales pidieron la prisión preventiva justificada, desvaneciendo el halo de impunidad vigente, y la Guardia Nacional, no la Policía Federal Ministerial, lo detuvo.

Los privilegios se acabaron, al menos de momento. Los regaños del Presidente, pese a respaldar públicamente a Gertz Manero, hicieron temer entre los colaboradores que estaba en el umbral de la remoción, pero nada de eso.

Y tras esos episodios, el juez Artemio Zúñiga, que tiene una relación muy estrecha con los fiscales que llevan el caso Lozoya e incluso les corrige los borradores de los documentos que le van a enviar para evitar errores, obligó al ex director de Pemex a comparecer de manera presencial.

La Fiscalía General, que trabaja de manera coordinada con la defensa de Lozoya, sabía desde la semana pasada que iba a solicitar una prórroga para la entrega de evidencias, y el ex funcionario estaba en el entendido de que no pisaría la cárcel.

Pero Gertz Manero y Juan Ramos, subprocurador especializado en Investigación de Delitos Federales, cabeza del caso Lozoya, le aplicaron lo mismo que le hicieron al ex senador Jorge Lavalle, otro imputado falsamente por el ex director de Pemex, que no había de qué preocuparse porque era una audiencia para ampliar el plazo.

La defensa de Lozoya se confió, creyó en el fiscal y su principal colaborador, sin saber que, por primera vez en 16 meses, no iban a estar del mismo lado, sino que habían saltado la verja.

Lo demás es historia. Los alegatos, las aseveraciones, las promesas. Y de pronto los fiscales le pidieron al juez imponerle la prisión preventiva justificada por considerar que podía fugarse. Dijeron que la cena en el restaurante mostró que tenía las redes de apoyo que pudieran ayudarlo a fugarse de México, y que disponía de 2 millones de euros en una cuenta en Liechtenstein, que por razones desconocidas no ha sido congelada, con lo que podía financiarlo.

La cena en el restaurante Hunan no había sido la primera de Lozoya con sus amigas y amigos influyentes en el mundo empresarial, aunque sí fue donde lo atraparon en flagrancia. El dinero de las redes empresariales que había tejido, o sus multimillonarios patrocinadores rusos que lo protegieron en Rusia y España, le han permitido moverse en todo el gran Valle de México, mantener su relación con la novia rusa que le plantaron y tener a su disposición, si quisiera, los recursos para fugarse de México.

El fiscal Manuel Granados Quiroz le dijo al juez que la actitud de Lozoya había sido “evasiva” y “grosera”, alargando el proceso de manera “injustificada”. Otra mentira. El caso se ha alargado porque Lozoya no ha probado nada de lo que denunció, ni entregó las evidencias que prometió.

Pero fue la cena en el Hunan lo que precipitó la caída.

Y ahora, no habrá más Pato Pekinés, sino huevo y atole aguado. Al menos por el momento.

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