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Michael Phelps se impuso a un oscuro mundo de drogas, alcohol, cárcel y deseo de suicidio, y al peso de 31 años de edad, para reafirmarse en la inmortalidad como el hombre dorado de la natación en la historia de los Juegos Olímpicos, con un “big bang” en Río 2016.
Quien fuera diagnosticado con el trastorno de déficit de atención empezó a nadar a los siete años como una terapia y fue seleccionado por primera vez a una cita veraniega para Sydney 2000, convirtiéndose a los 15 en el nadador más joven en los últimos 70 años.
En Atenas 2004 deslumbró con seis medallas de oro, cuatro años más tarde, en Beijing, brilló con ocho y a partir de entonces empezó a tener problemas de disciplina con los entrenamientos y dijo que era tortuoso par él seguir en la natación, aunque llegó a Londres 2012 para subir cuatro veces a lo más alto del podio.
Ascendido a la cumbre del olimpismo, sus fiestas fueron más continuas con el consumo de alcohol y marihuana, hasta que fue arrestado en la madrugada del 29 de septiembre de 2014 por conducir a exceso de velocidad y en estado inconveniente.
La noticia se regó como pólvora por el mundo, la crisis tras las rejas lo llevó tres días a encuartelarse en su habitación y alarmó con un mensaje a su agente Peter Carlisle: “Ya no quiero estar vivo”, lo cual no terminó en desgracia.
Después aceptó ir a rehabilitación, donde recibió toda la admiración de los internos, lo cual le dio un fantástico envión anímico para salir del gran hoyo, y luego encontró en la lectura otro gran impulso, sobre todo en el libro “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl, un psiquiatra sobreviviente del Holocausto.
Su novia de años y de separaciones y reencuentros, la exmodelo Nicole Michele Johnson, también jugó un gran papel en la recuperación de identidad del gran nadador, por lo que la “Bala de Baltimore” se reconcilio con el seno familiar e hizo las paces con su padre, Fred, con quien estaba peleado desde 2008. Con quien es considerado su padre adoptivo, el entrenador de toda su vida, Bob Bowman, tuvo una larga conversación de reencuentro y el estratega sólo le pidió disciplina para volver a las prácticas, porque de lo contrario ya no estaría con él.
De esta forma volvió a la alberca de entrenamientos con una rigurosa disciplina en ejercicios, alimentación y vida, y el 7 de mayo pasado recibió de Nicole su mayor premio, el nacimiento de su hijo Boomer Robert Phelps.
A fines de junio hizo historia al clasificar a sus quintos Juegos Olímpicos, y ya en la sede de Río 2016 sus compañeros de la delegación estadunidense lo eligieron para ser el abanderado en el desfile de la ceremonia de inauguración.
“Es el último adiós, lo juro. No tengo de qué arrepentirme. El pasado está en mis espaldas, estoy feliz de seguir vivo. Lo de Londres fue un chiste. Vuelvo a amar lo que hago, me siento como un niño otra vez. Creo que soy algo viejo, pero cuando entreno y veo la oportunidad de destruir mentalmente, me encanta”, expresó previo a la competencia olímpica.
Con un cuerpo atlético de apenas cinco por ciento de grasa, Michael Phelps se lanzó a la piscina, en medio de flashes, luces y euforia en las gradas del escenario, mientras el mundo se paralizaba para verlo competir por medio de la transmisión en televisión e internet.
Salió de la alberca bañado en oro en cinco pruebas que participó y sólo perdió los 100 metros mariposa ante el osado Joseph Schooling, de Singapur, quien pasó a la historia por haberle arrebatado el trono en su especialidad.
“Estoy listo para el retiro, no quiero nadar más. Volví para despedirme y estoy contento con irme así. Ha sido maravilloso poder inspirar a los niños, quise cambiar la natación, conseguir que los chicos soñaran, que crean en sí mismos y que piensen que el límite es el cielo. Me voy feliz”, expresó tras ganar su última participación olímpica, el relevo 4x100m combinados.

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