LA DESAIRADA QUEJA DE SÁNCHEZ CORDERO


Por Juan Ramón Bustillos

Por dignidad, Olga Sánchez Cordero podría aprovechar el fin de quincena para dar las gracias al presidente López Obrador.
Cuando la secretaria de Gobernación, quizás con la intención de estremecer al gobierno se declaró víctima de la misoginia de los integrantes del gabinete de seguridad, su coraje fue en aumento porque nada pasó. Es probable que a los menjurjes que usa para contener el coronavirus añadiera un poco de té de tila e incluso valeriana.
Pero la vida transcurrió como si nadie se enterara de sus pesares.
Algunos medios de comunicación enviaron sus palabras al infierno de las páginas interiores y otros ni siquiera las registraron.
La Jornada, el único periódico dirigido por una mujer, Carmen Lira, que además es comadre del presidente López Obrador, le concedió una llamada en la última página, pero para nada mencionó que agrupados en una especie de Club de Toby, los colegas de Sánchez Cordero no registraron la sensacional revelación, merecedora, sino de una marcha feminista, sí de una renuncia digna que, esa sí, habría estremecido a la Cuarta Transformación.
Peor aún, el presidente López Obrador que presume su reconocimiento a la valía de la mujer y para probarlo pugna por la paridad de género en su equipo, tampoco se dio por enterado de los pucheros de su responsable de la política interior.
Es probable que a Doña Olga le pagaran con el desprecio de su silencio porque no utilizó los términos adecuados para causar el impacto deseado. Tal vez su condición de mujer decente y más culta que sus compañeros de gabinete le impidieron acudir al catálogo de adjetivos que merecen quienes la ignoraban y lo siguen haciendo.
Parafraseando a su jefe, el presidente, el único que al decir de la quejosa, sí atiende lo que dice, Sánchez Cordero debió denunciar que sus colegas, los secretarios de la Defensa Nacional, Marina y Seguridad y Protección Ciudadana, así como el Consejero Jurídico de la Presidencia y el director del Centro Nacional de Inteligencia, entre muchos otros, la tienen sólo como un florero que adorna las reuniones que de lunes a viernes se realizan entre las 6:00 y 7:00 de la mañana para analizar el estado que guarda el país y a partir de ello tomar las decisiones más adecuadas, como la liberación de Ovidio Guzmán.
Al vacío político y mediático a la más trascendente de sus declaraciones en lo que va de su gestión, debe sumarse al infierno vivido en dos años como supuesta figura principalísima de la Cuarta Transformación.
No es cualquier cosa que la secretaria de Gobernación revele que hay “… veces, inclusive, en estos Gabinetes de Seguridad exclusivamente de varones, en donde, en ocasiones, mi opinión, y digo, no por el Presidente, al contrario, el Presidente siempre me ha dado mi lugar, pero entre los miembros, una participación mía podría, inclusive no ser tomada en consideración en ese momento, aunque yo tuviera la razón y aunque estuviera aportando algo importante”.
Después de escucharla es obligado preguntarse si a sus méritos históricos de primera mujer notaria del país, primera ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y primera secretaria de Gobernación, debe añadir el de ser el primer responsable de la política interior a quien el resto de sus compañeros de gabinete no toman en consideración sus opiniones “aunque estuviera aportando algo importante”.
A NADIE INTERESA RELEVARLA
La señora Sánchez Cordero debería animarse a participar en la próxima manifestación feminista y sin llegar al extremo de vandalizar el Ángel de la Independencia o el Hemiciclo a Juárez o desafiar a la policía de Claudia Sheinbaum, exigir que López Obrador deje de hacer lo que hasta hoy, oírla sin escucharla, y que los miembros del gabinete no la tiren de a lucas cuando aporta sus opiniones.
Como no la veremos en la calle manifestado su enojo y tampoco sabremos si ya se atrevió a quejarse con su jefe, es de preguntarse por qué hasta el pasado martes 20 se animó a hacer pública su triste situación.
En todo caso, la culpa es suya y de nadie más. Fue quien aceptó del presidente el desmantelamiento de su dependencia a grado que apenas es algo más que una ventanilla de quejas u oficialía de partes.
No se trataba de mantener Gobernación como la concibió Osorio Chong, quien, para apuntalar sus aspiraciones presidenciales, convenció a Enrique Peña Nieto de sumarle la Secretaría de Seguridad hasta convertirla en super secretaría; tampoco mantenerle el supuesto manejo de la prensa que en realidad se hizo desde Los Pinos en los tiempos de Carlos Salinas, aunque orgánicamente la tarea estuviese encomendada a Gobernación.
López Obrador debió al menos dejarle el aparato de espionaje político que nació como Dirección Federal de Seguridad y con los años tornó en CISEN para terminar como Centro Nacional de Inteligencia que fue ubicado en el territorio de Alfonso Durazo, pero maneja un militar tabasqueño que reporta directo al presidente, el general Audomaro Martínez Zapata.
Pero doña Olga permitió el desmantelamiento de la oficina que fue de Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, Adolfo Ruiz Cortínez, Miguel Alemán, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, Jesús Reyes Heroles, Enrique Olivares Santana, Fernando Gutiérrez Barrios, Manuel Bartlett, Jorge Carpizo, Emilio Chuayfett y hasta de Benito Juárez y Victoriano Huerta, para no ser exhaustivos, y que hoy es menos que las de Irma Eréndira Sandoval, Luisa María Alcalde, Rocío Nahle y, si mucho me apuran, que la de Graciela Márquez Colín.

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