BUENOS GOBIERNOS


Por Francisco Guerrero Aguirre

Un gobierno electo genuinamente a través de las urnas alimenta y fortalece su legitimidad democrática en la gestión cotidiana de los asuntos públicos. Resulta absurdo que quien llegó al poder gracias a la democracia pretenda ejercer el poder con prácticas autoritarias o prácticas de populismo y simulación.
Las obligaciones para un gobierno democrático son claras: respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; ejercicio público con sujeción al Estado de derecho; celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto; mantenimiento del régimen plural de partidos y organizaciones políticas y, finalmente, la indispensable separación e independencia de los poderes públicos.
Durante las dos últimas décadas, la mayoría de los Estados miembros de la OEA han construido un consenso mínimo en torno a los componentes fundamentales del ejercicio de la democracia a través del ejercicio del gobierno. Esto incluye: la transparencia gubernamental; la probidad y la responsabilidad; el respeto por los derechos sociales y la libertad de expresión y de prensa.
A lo anterior habría que agregar dos elementos insustituibles: la subordinación constitucional de todas las instituciones del Estado a la autoridad civil legalmente establecida y el respeto al Estado de derecho de todas las entidades y sectores de la sociedad.
Los avances en materia de democracia son evidentes en las Américas. La alternancia en el poder y la renovación de autoridades se ha realizado, sin interrupciones ni alteraciones, independientemente del signo ideológico del gobierno saliente o entrante.
Sin embargo, la plena vigencia del sistema democrático no está exenta de riesgos y posibles retrocesos. Como lo señala Latinobarómetro 2018, hay señales de alerta preocupantes en cuanto a los niveles de confianza ciudadana en la democracia y sus instituciones. Las elecciones limpias no son suficientes. Se requieren gobiernos con espíritu cívico para extender los beneficios de la democracia en la vida cotidiana de la gente.
El sistema democrático sufre erosiones cuando se debilita la separación e independencia de poderes y se vulneran facultades constitucionales por medio de la politización de la justicia y la judicialización de la política. Las frecuentes pugnas entre poderes del Estado, en todo el continente, tienen consecuencias irreversibles que destruyen la institucionalidad democrática, trastocando la de por si frágil gobernabilidad.
Urgen instituciones sólidas que funcionen gracias a un efectivo sistema de pesos y contrapesos. Necesitamos de ciudadanos empoderados y partidos políticos capaces de fungir como conductos de representación, así como nuevas formas de participación, transparencia en la gestión pública y poder local, entre otros elementos esenciales.
Los actores políticos deben encauzar sus acciones dentro de los límites constitucionales, de tal manera que los conflictos se procesen conforme a principios y valores democráticos. Cuando ocurre un choque entre poderes, es esencial un diálogo franco para trascender el conflicto.
BALANCE
La democracia es más que elecciones. La preservación de los elementos esenciales de la democracia electoral y, en particular, de la democracia en ejercicio, será vital para reducir los niveles de insatisfacción de los ciudadanos con el sistema democrático, para fortalecer sus instituciones y para asegurar mejores condiciones de gobernabilidad democrática.
Como demócratas no podemos permanecer indiferentes ante el evidente abismo que se va abriendo entre ciudadanos y sus gobiernos. La desigualdad, la corrupción y la impunidad han alimentado la desconfianza en la democracia. La única manera de recuperar lo perdido es predicar con el ejemplo. La respuesta es sencilla: urgen buenos gobiernos.
En el corto plazo, no es sostenible que los candidatos triunfantes lleguen cómo héroes al gobierno y concluyan su gestión como los peores villanos. Ése es un patrón que tiene que cambiar si queremos devolver credibilidad a la política.

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