Por: Enrique Campos Suárez
El reporte Perspectivas del Empleo 2026 de la OCDE ofrece material suficiente para construir titulares optimistas que contrastan con muchos indicadores de la economía mexicana. Es como si desde el exterior pudiera apreciarse un panorama de bonanza que, visto desde dentro, resulta difícil de encontrar.
Que México forme parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos siempre será positivo; al final, es mejor estar en la cola del león que fuera de él. Sin embargo, las profundas diferencias estructurales entre sus integrantes hacen muy complicado establecer comparaciones que realmente reflejen nuestra realidad. El mayor valor de estos informes no está en medirnos contra las economías más desarrolladas, sino en utilizarlos para evaluar nuestro propio desempeño y evitar caer en la autocomplacencia de las cifras favorables.
De acuerdo con el estudio, México se consolidó como el cuarto país de la OCDE con el mayor crecimiento del salario real desde la pandemia, con un avance acumulado de 15.1%, muy por encima del promedio del organismo, de 4.9 por ciento. Ya sabemos cuál será la reacción del gobierno y de sus voceros: convertirán ese indicador en una medalla política. Y, en parte, tendrán razón. Los fuertes incrementos al salario mínimo sí han devuelto poder adquisitivo a millones de trabajadores.
La política de aumentos al salario mínimo ha permitido un incremento real acumulado de 68% en cinco años para quienes perciben ese ingreso. Pero también ha tenido un costo que rara vez se menciona: elevó las cuotas de seguridad social para los empleadores formales y aumentó la presión sobre miles de pequeñas empresas, debilitando la base empresarial.
Las cifras del IMSS reflejan esa realidad. El registro de patrones acumula ya 31 meses consecutivos de caídas anuales, lo que equivale, para quienes gustan de las estadísticas, a la desaparición de tres empleadores por hora en el país. Muchos de esos negocios no cierran definitivamente; simplemente abandonan la formalidad porque ya no pueden sostener sus costos.
Y es precisamente ahí donde las características estructurales de la economía mexicana vuelven inútiles muchas comparaciones internacionales. Afirmar que México vive una situación de pleno empleo porque la tasa de desocupación es de apenas 2.7% es una verdad incompleta que se acerca peligrosamente a la ficción.
En la mayoría de los países de la OCDE, la tasa de desempleo refleja a personas que buscan un empleo formal y no lo consiguen. En México ocurre algo distinto. La ausencia de un seguro de desempleo obliga a millones de personas a refugiarse en la informalidad o el subempleo para sobrevivir. Más de la mitad de la población ocupada trabaja fuera de la formalidad, sin seguridad social, sin prestaciones y, muchas veces, al margen de los registros fiscales, pero todos ellos aparecen en las estadísticas como personas empleadas.
Hay otro dato del informe que probablemente pase inadvertido en el discurso oficial. La OCDE estima que el PIB per cápita de México crecerá apenas 0.05% anual hacia el 2060 como consecuencia de la insuficiencia de condiciones para impulsar la inversión. Ese pronóstico resulta mucho más relevante que cualquier comparación favorable de corto plazo.
El reporte también destaca un crecimiento de la productividad laboral de 1.96% entre el 2023 y el 2024, un indicador que sí merece un análisis profundo por sus implicaciones para la economía mexicana, mucho más que compararnos con Japón o Alemania.
Este informe debería servir para mirarnos en el espejo y entender nuestras propias debilidades estructurales, no para colgarnos medallas de papel frente a economías cuya realidad es completamente distinta.
 
 
 
 
 






























