Por: Enrique Campos Suárez
Lo que vimos ayer es un resumen puntual de la encrucijada estratégica en la que hoy se encuentra México. Por un lado, la fotografía oficial proyecta diálogo, cordialidad e institucionalidad con la presidenta Claudia Sheinbaum como anfitriona del titular de la Representación Comercial de la Casa Blanca (USTR), Jamieson Greer, para desahogar la agenda de trabajo del T-MEC. Pero, por otro lado, el verdadero marco del encuentro bilateral es la sombra de la inminente nueva ola de aranceles que Donald Trump prepara para imponer esta misma semana.
El encuentro entre un representante técnico, así sea del más alto nivel de Washington, y la jefa del Estado mexicano puede parecer una disparidad en el organigrama diplomático, pero tiene que entenderse como una maniobra de contención táctica donde México busca amarrar exenciones puntuales antes del mazo arancelario prometido, e incluso antes de trazar el camino de las negociaciones de la relación pactada en materia comercial entre los tres socios norteamericanos.
Por supuesto que el punto de partida de cualquier análisis de la relación comercial bilateral tiene que ser el T-MEC, tal como lo conocemos, así haya cambiado su naturaleza a partir del pasado 1 de julio. La negativa de la administración de Trump de extender en automático este pacto por 16 años más es un golpe adicional a la certidumbre para las inversiones, pero también es la puerta abierta para lograr algún acuerdo futuro sin perder de tajo las ventajas.
En el naufragio global del libre comercio, el T-MEC es una tabla salvavidas para la dependiente economía mexicana para preservar ventajas comerciales futuras gracias a la integración regional, pero dentro de un esquema de comercio administrado por los intereses claros y específicos de la agenda de la Casa Blanca, no solo en materia comercial, sino de seguridad nacional.
No habrá muchas sorpresas: en las platicas privadas de ayer entre Sheinbaum y Greer, Washington dejó claro que ha trazado fronteras inflexibles para su política comercial con México. En la que solía ser la joya de la corona, la industria automotriz, la condición que busca la USTR es elevar de 75 a 82% el Valor de Contenido Regional, con una cuota obligatoria de mínimo 50% de contenido estadounidense; de la mano de la industria automotriz van los negocios acereros.
Una obsesión que puede encajonar a México es la cláusula “anti-China” que puede ser un arma de doble filo para este país, el cual sin muchas dudas ha permitido funcionar como “puerta trasera” para productos de acero, aluminio, componentes automotrices y electrónicos del sudeste asiático. Cualquier titubeo o intento de trampa en México podría implicar aranceles de castigo inmediatos o hasta el fin de las negociaciones.
Va a ser importante que el gobierno actual busque la manera de dar marcha atrás a las decisiones dogmáticas de López Obrador en biotecnología agrícola y en materia energética, si no quiere que se conviertan en un muro insalvable para negociar con Washington.
La reunión Sheinbaum-Greer ofrece un respiro temporal, porque es mejor eso que los disparos arancelarios de Trump a Canadá. Pero, en el fondo, la realidad permanece inalterada: el futuro comercial de Norteamérica ya no lo define la integración de los mercados, sino los intereses geopolíticos unilaterales de la administración de Donald Trump.
En el naufragio global del libre comercio, el T-MEC es una tabla salvavidas para la dependiente economía mexicana para preservar ventajas comerciales futuras gracias a la integración regional.
 
 
 
 
 






























